miércoles, 23 de enero de 2013

Acerca de las Ideas y las Creencias

I

Prélude: Una palabra, una flecha

La capacidad de crítica ajena mediante la palabra escrita no ha sido nunca uno de mis dones. Quizá por la tendencia a hablar de mi mundo interior sólo he sido capaz de ver defectos ajenos cuya raíz es mi propia alma. Hay personas que tienen facilidad para devolver una respuesta y dar donde más duele, y hay momentos en que, realmente, me gustaría tener esa espontaneidad para herir al otro. Recuerdo una conversación con uno de los sacerdotes de mi colegio, cuando aún era un crío y el pensamiento crítico no formaba parte de mi repertorio de herramientas – ya que me era necesaria una sola perspectiva para vivir en una burbuja –. Me estaba regañando por haber iniciado una “pelea” en la que sólo había recibido yo. Mi ataque fue verbal. Me preguntó por mi acción, y me hizo deducir que el golpe “psíquico” que le di a mi compañero era mucho más doloroso que el puñetazo que había recibido en la cara. Me dijo que “sabía utilizar las palabras para herir” y que eso no era una demostración de poder, sino de cobardía. A lo mejor fue en ese momento cuando reprimí la voluntad de herir con las palabras. Ahora me apetece hacerlo, y para empezar la práctica, voy a hacerlo despacio, y con uno de los temas que más hieren la sensibilidad: la creencia.*

*Creencia e idea se usarán de forma sinónima a lo largo del texto. Lo sé, muy “british”.

II

Manada de híbridos

Una crítica es un ataque a una idea, desde otra idea. La batalla se desarrolla en un plano netamente intelectual. Esta primera pauta, si bien es sencilla, tiene un matiz delicado. Las ideas son creadas por el intelecto de la persona, y es necesario remarcar que son dos entidades diferentes. De forma natural la persona controla la idea; cotidianamente la idea controla a la persona. ¿Porqué? Porque la persona se identifica con su idea:

  • ‘Yo soy alto/guapo/torpe/platónico/ateo/budista/consumista/tímido.’

Al unir la entidad “ideal” con la entidad “pensante” se produce una fusión entre la creación y el creador, entre el objeto y el sujeto. La persona pasa a ser la idea, y la idea se encarna (y arraiga al espíritu) de la persona. Por tanto, cuando el compuesto hibridado recibe una crítica a su idea de altitud/belleza/torpeza/platonismo/ateísmo/budismo/consumismo/timidez siente que el ataque ha sido material, i. e. a su persona, y por lo tanto se siente violentado.

Es claro y distinto que esto es una absoluta estupidez, por varias razones:

En primer lugar, todas las etiquetas ideales (entiéndase ideal en tanto que sustancia, o entidad) remiten y se fundamentan en el lenguaje, entidades simbólicas que pretenden representar una realidad, esto es: la cualidad de ser alto/bello/torpe/tímido/consumista, o el estado de creencia en los complejos simbólicos que componen el platonismo/ateísmo/budismo, en nuestro ejemplo.

En segundo lugar, si todas remiten al lenguaje, todas las ideas son refutables, por tanto relativas: todas las ideas son refutables por una persona cuyo dominio de la argumentación sea mayor que el propio, además de relativas porque exigen la comparación de sí mismas en relación a otras para existir, o lo que es lo mismo, son dependientes, y por tanto no relativas, absolutas ni universales. Nuestra frase ejemplo se podría transformar, consecuentemente, de la siguiente manera:

  • ‘Yo puedo ser alto/guapo/torpe/tímido/platónico/ateo/budista/consumista porque tú puedes ser bajo/feo/listo/carismático/aristotélico/teísta/cristiano/alternativo.’

He adoptado una postura dualista para simplificar la exposición, por lo que de ello no se debería deducir que necesariamente haya un opuesto para todo compuesto (al estilo taoísta). En cualquier caso no afecta a la argumentación.

III

Baile de etiqueta

Llegamos felizmente al núcleo de la crítica: la estupidez de la identificación del sujeto con su idea, y la consecuente necesidad de reaccionar de forma violenta por la creación de un sentimiento de ofensa. Ofenderse por reconocer que el otro está esgrimiendo razones de porqué uno no es todas, o alguna, de las cualidades y creencias citadas anteriormente en los ejemplos es desplegar una ausencia total de criterio, aparte de un gusto horrible. La ofensa, aparte de una pose común, es, por tanto, una idea que funciona a modo de algodón* que prueba que existe un vínculo entre la persona y sus ideas, y las convierte en una sola sustancia, de lo que se deduce que esta persona cree poseer la verdad universal o (más común entre los intelectuales)que es una decisión meramente estética. Y es importante esta idea de la estética.

Al descubrir que las ideas se ostentan a modo de adorno en la misma relación  que el tatuaje al cuerpo, podemos imaginar la reticencia por parte de los usuarios de borrarlo y sustituirlo (o dejar el cuerpo desnudo, pero esa es la clave del texto…). Empiristas, ateos, budistas, platónicos, guapos, altos, fuertes, tímidos…  meras decisiones estéticas del buffet libre del lenguaje. Como apunte personal, y como dijo Don Juan (de Castaneda), nos creemos demasiado importantes: por eso nos creemos con el derecho a ofendernos.

Preferimos ser algo, en lugar de ser,a secas. Y ahora viene lo difícil…

*El algodón no engaña.

IV

Me ofendo, luego soy

Como hemos deducido por el recorrido, una idea es una perspectiva parcial; pero hay ideas más interesantes que otras (no en vano Platón estableció una jerarquía). Una de ellas, por ejemplo, es la idea de “ser”, que predicada de un sujeto pensante nos lleva a la autoconciencia de la existencia. ¿Significa esto que la existencia –‘yo soy’- también es refutable y relativa? (como decíamos en el apartado I) A nivel argumentativo sí es refutable. Se podría argumentar en contra del ‘yo’, del concepto de ‘existencia’, de las conclusiones derivadas de la proposición, entre otras cosas. En cuanto a la relatividad de la misma, podríamos decir que al no ser posible en ‘no ser’ (lo cuál suena paradójico) la existencia es necesaria. Pero, ¿hasta qué punto nuestra autoconciencia nos engaña? A fin de cuentas, corremos el riesgo de no existir si hemos decidido que las ideas son las fichas del juego del lenguaje.

La creencia en la existencia parece una excepción a la crítica realizada más arriba acerca de la no identificación del sujeto pensante con la idea pensada. Es decir, ¿qué pasaría si yo no me identificase con la idea de que existo? ¿Si ésta permaneciese separada de mí? A fin de cuentas (disparate aparte) si alguien nos dijese ‘no existes’, al margen de tildarlo de loco, pensaríamos (nótese el plural de modestia): ‘¿cómo no voy a existir, si para que me acuses de no existir tiene que haber algo que sea acusado de ello?’ (argumento cartesiano por excelencia).

Parece, entonces, que la idea de ser o existir*  se apega al sujeto que la crea. Y de aquí podemos sacar dos senderos, que, querido lector, le invito a elegir y transitar:

1. El sujeto pensante no es lo que generalmente entendemos por persona. Esto nos lleva a pensar que no somos lo que creemos ser. Reuniendo los argumentos, llegamos a la conclusión de que un yo más real que lo que llamamos persona es idea, y ésta es soy. Esta conclusión apoya la tesis central del texto: la persona cree ser algo que no es, y se fabrica una armadura de etiquetas, con la que defenderse y atacar a otras armaduras igual de vacías de contenidos. Es algo así como que todos los radicales de un extremo, el otro, y los mixtos sois estúpidos.

2. Seguimos el argumento al pie de la letra y efectivamente aceptamos que identificarse con la idea es estúpido, por lo que las personas ni existen ni no existen, lo cuál es algo más complejo de aprehender: no hay canon, todo es ilusión; la creencia y la etiqueta son decisiones estéticas, y la persona es una “sustancia” que, en sí misma es el motor que fundamenta la realidad en la que vivimos, la comparte y establece consenso.

Y hay algo que me dice que ambas no son tan divergentes como aparentan…

*Nótese el uso de ser y existir como sinónimos, que es algo así como mezclar a Aristóteles y a Sartre… ¿quién será el pensante y quién lo pensado? Lo siento, me gustan los híbridos…

Á.

Nota: siento ser tan contradictorio; sé que dije que no escribiría Filosofía en este espacio, pero a diferencia de los buenos y santos, no soy coherente, ni consecuente. Prefiero bailar con Dionisio y extasiarme en las manos de sátiros y ménades mientras me embriago del néctar de los Dioses al ritmo de una frenética percusión que tomar el té al sonido de arpa con Apolo y su séquito de muchachitos afeminados. Metafóricamente hablando, supongo… Lo bueno de ser más Jónico que Dórico es que puedo elegir entre las dos, una o ninguna.

martes, 25 de diciembre de 2012

One A.M. Meditation

"Una piedra de buen tamaño, que relucía desnuda lavada por la lluvia, se hallaba en un lugar elevado, rodeada de flores de muchos colores, en el borde de un huerto que daba a un camino pedregoso. Después de mirar durante largo rato a las piedras del camino, sintió el deseo de dejarse caer entre ellas.


- “Qué hago yo aquí entre las plantas- se preguntó -. Debería de estar ahí abajo, con las de mi clase”.


De modo que rodó hasta el fondo del terraplén y se unió a las demás. Pero las ruedas de los carros, los cascos de los caballos y los pies de los minantes no tardaron en reducirla a un estado de continua aflicción. Todo pasaba por encima de ella o la golpeaba. A veces, al verse sucia de barro o de excrementos de animales, alzaba la vista un poco – en vano – hacia el lugar que había abandonado: aquel lugar de soledad y plácida felicidad.


Eso es lo que le seduce a todo aquel que decide abandonar la vida solitaria y contemplativa, para descender junto a gentes de infinita perversidad.”


Códice Atlanticus, Leonardo da Vinci.

Gradient of nonsense

1366-768-332360‘Let me occupy your mind as you do mine…’

Empezar por el principio suena redundante, pero a veces, cuando nos vamos por las ramas y nos dejamos llevar por las afecciones del alma, perdemos las raíces del árbol con el que estamos creciendo.

Quizá el principio en este caso esté en el porqué de los textos de este espacio. Podría explicar que, al nunca ser más que un ensayo literario, i. e. un ejercicio de escritura, nunca le daré a ninguno de estos textos la categoría de tractatus filosófico. La buena filosofía se hace a la luz del sol, no alumbrado con el reflejo de la luna en la ventana, si bien todo tiene sus ventajas e inconvenientes. Es así como la teleología de estas palabras es, en primer lugar, servir de ejercicio catártico para su autor, una suerte de exorcismo personal, cuya condición de posibilidad es una siempre subyacente intención de que alguien concreto las lea e, idealmente, las entienda, y un nacimiento en la Oscuridad, por eso la mayoría son escritos a altas horas de la noche. En segundo lugar el telos del escrito es conseguir un efecto deseado sobre ciertas coordenadas de la Mente Universal, una vez habiendo sido asimilado el contenido.

Y es por eso que la claridad, en el sentido de coherencia con el ‘mundo cotidiano’, se me hace difícil, ya que la simbología que aquí se plasma peca de ser demasiado universal y personal a la vez. La exégesis ‘correcta’ de las mismas sólo debe hacerla la persona a la que el texto va dedicado; si bien, y precisamente por la ambigüedad de los símbolos y de la narración cientos de significados pueden ser atribuidos a cada uno de los pasajes, y es en ese laberinto de innumerables calles sin salida y decenas de criaturas de leyenda donde se esconde el autor, claro y transparente, como ningún espejo puede mostrar, desnudo de todo exceso más allá de la literalidad, publicando su intimidad y velándola después. Es por eso que es un ejercicio de catarsis, ya que los mensajes enviados a través de la palabra rara vez llegan a su destinatario, a no ser que las citas sean explícitas.

Así, ya tenemos el porqué y el para qué. El cómo se averigua en el ‘estilo’, deliberadamente oscuro, impreciso pero muy sensorial y cercano. Crear espacios íntimos de miríadas de momentos es la ‘especialidad’ de la casa. Quizá la soledad sea el último bastión que me protege de lo expuesta que queda mi alma cuando mi mirada se vierte sobre los tentadores espejismos de aquello que sólo está a mi alcance con los poderes de los diez qliphoth.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Nightmare

Cuando abrí los ojos se me habría encogido el corazón si lo hubiese tenido. Los límites de mi ataúd parecieron encogerse a mi alrededor. Tomé aire e inspiré lentamente; aún sin necesitarlo, seguía aquietando mis pensamientos si le dedicaba la suficiente concentración. Levanté la tapa con una mano y me incorporé. Miré a mi alrededor y esa sensación volvió a recorrerme la espalda. No… no es posible, pensé para mí, pero era más que el susurro de una afirmación: era una súplica. Salí del lecho y me acerqué al balcón, a través del cual la luna decreciente brillaba con rostro de recién levantada, con el tono amarillento que adquiere en la noche temprana.

Oteé el horizonte y en la lejanía sólo vi infinitud, un vasto e interminable desierto que aislaba mi castillo de piedra del mundo de aquellos cuyos ojos sangrarían al contemplar con sus mentes un silencio que ni la tierra, el agua, el aire o el fuego osaban romper. O al menos no hasta ese momento. La situación se volvió incómoda y me pareció oír susurros de ecos que hacía mucho tiempo que no escuchaba. Ven… ven…

Tal vez me confundí al despertar. Puede que todavía quede algo parecido a un corazón en alguna parte del yermo que habito. O tal vez nunca llegué a despertar y esto no sea más que otro sueño.

*   *   *

La irrealidad del mundo sólo la perciben aquéllos que despiertan tras un largo letargo, para caer en la cuenta de que el camino no ha hecho más que comenzar. Aún así, ¿cómo emprender la marcha cuando se echa de menos la comodidad de las sábanas? El consuelo reside en entender que nunca es adiós, sino hasta luego.

D.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Breathe

‘Cuando uno está enamorado, siempre comienza engañándose a sí mismo y termina engañando a otros. Eso es lo que el mundo llama amor.’

Con la primera inspiración el bebé pasa a formar parte del Mundo. Con la primera espiración llora con toda la fuerza que sus pequeños pulmones le permiten. Vuelve a inspirar, habiendo realizado su primera respiración completa, y ahora está vivo.

Siguiendo la secuencia, su historia se compondrá de miríadas de inadvertidas respiraciones que le secundarán cuando aprenda a distinguir entre él mismo y los otros, cuando aprenda a andar y a correr. Después aprenderá a controlarla, de forma que, administrándola, ésta le permita realizar sonidos con los que expresar aquello que está dentro, y le permitirá alcanzar aquello que está fuera. Y seguirá vivo.

Él no será consciente, pero habrá momentos en que su respiración se acelerará cuando corra, y llegará a jadear; la forzará cuando esté enfadado y le costará encontrarla cuando ría a carcajadas… y en su último ciclo, respirará una última vez más antes de partir.

* * *

Quizá no parecería desorbitado, siguiendo este pensamiento, deducir que hay una respiración para cada momento, y que ese futuro incierto que se abre ante nosotros se compone de aire que entra con la misma facilidad con la que se va, así como vienen y se van los instantes por eternos que nos parezcan. Respirar es vivir.

Pero… tal vez…

…no sean los momentos en los que respiramos aquellos en los que vivimos, sino aquellos en los que se nos olvidó hacerlo: cuando dos miradas se cruzan, cuando dos bocas se juntan por primera vez, cuando dos cuerpos se rozan furtivamente, cuando una mano busca a otra sin encontrarla, cuando la sorpresa se impone al sentido común… son todos momentos en los que el aliento desaparece y el entorno se congela, y el cuerpo deja de realizar la única función fisiológica sin la que no podría estar más de dos minutos… ese momento en que se decide morir por vivir. 

Así, cuando vivimos, realmente deseamos morir, ya que al volver a respirar las miradas se bajan con miedo, las bocas se separan, los cuerpos se alejan y la mano vuelve sola a su dueño. Puede que  la vida no sea más que una mentira si para vivirla con intensidad hemos de desear con mayor intensidad dejar de hacerlo.

Tal vez…

D.

miércoles, 29 de agosto de 2012

Elogio de la Locura

12_Insanity_by_freakdearts“Don’t try to live so wise, don’t cry ‘cause you’re so right, don’t dry with fakes or fears ‘cause you will hate yourself in the end…” (“No intentes vivir de forma tan sabia, no llores, porque tienes razón, no te seques con farsas o miedos, porque terminarás odiándote al final…”)

De todas las historias que podremos escuchar alguna vez en nuestro camino, suelen gustarme más aquellas de las que ya conozco el final. Y es que aunque lo oiga en versos pronunciados por otros protagonistas, el suicidio romántico siempre será mi forma favorita de inmortalizar la cumbre de la pasión, el non plus ultra de la experiencia sobre la teoría, musa de toda inspiración y belleza de aquello que se hace eterno por ser efímero.

Y es que encontrar que el objeto de contemplación y deleite no es más susurro que el arrullo de las hojas de otoño al caer, instante que viene y se va, transforma toda desazón por el paso del tiempo en todo un árbol de hojas caducas que se desnuda, instante tras instante, a la luz de la luna de verano con la esperanza puesta en la primavera, que traerá de nuevo la promesa del arrullo susurrante de una nueva hoja que volverá a caer y nos hará enloquecer.

¡Locura! ¡Dulce locura, que descorres los velos de aquello que no les está permitido mirar a quienes no cuentan con tus besos, néctar de toda vida, maná de la embriaguez de los sentidos del alma, tú que apartas los venenos y trampas del Espíritu de la Razón y abres los ojos a una forma de noche privilegiada en la que la luna está abajo mientras la disfrutamos del revés, protégenos de la envidia del sabio cuerdo y conviértelo en juglar de tu corte como nosotros lo somos de la suya!

Pues no es loco el que sufre la locura, sino aquél que necesita del loco para llamarle tal y reafirmarse a sí mismo como cuerdo, pues el loco jamás necesitará más espejo que sí mismo para ver reflejado el universo en toda su magnifica demencia devolviéndole la sonrisa. Y ahí, él, y sólo él, será capaz de reír.

D.

domingo, 19 de agosto de 2012

About Blue Eyes and Summer Sky

“¿Cuánto tiempo es para siempre? – preguntó Alicia…”

Solía pensarse especial. Cuando alguien le miraba a los ojos sabía cómo absorber al observador en un vórtice de incertidumbre, transformando cuanto hubiese alrededor en algo espaciotemporalmente difícil de acotar. El observador, atrapado, duda de la reacción y recurre al protocolo para salir de una situación incómoda, pero no le da tiempo. Él, en el momento adecuado, libera la presión y deja a su presa relajarse, mostrando una tímida sonrisa. Pero no acababa ahí. Porque cada vez que sonreía el abismo de su mirada se hacía más profundo. En esos momentos, el observador sólo veía a un muchacho sonriendo tímidamente con una mirada ligeramente distante, pero no se arriesgaría a volver a perderse en sus ojos. Con un ademán le quitaría tensión a una situación que no sabría etiquetar, y se limitaría a sonreír de vuelta y le restaría toda la importancia. A fin de cuentas, ¿cuánto dura una mirada?

Solía pensarse especial porque cuando se miraba en el espejo a los ojos el infinito le devolvía la mirada y le daba vértigo. No había encontrado ojos con aquella profundidad, ni sonrisas con señales que, a modo de miguitas de pan, llevasen al observador por los indescifrables secretos de una mente y un corazón que no encuentran reposo en lo temporal. En situaciones de este tipo, los pensamientos entran en una dinámica de vertiginosa velocidad que bloquean las respuestas conscientes y la vida del individuo se vuelve automática. Se esfuma la disciplina en una mecánica de respuestas en lata, de las que venden en los supermercados, reduciendo la conducta y sus consecuentes respuestas a un montón de palabras… palabras que deciden por él hacia dónde tiene que girar la mirada y cuándo tiene que sonreír para no romper la ilusión. Y es en esa miríada de miradas y sonrisas que duran fracciones de segundo en las que él encuentra ese para siempre de vértigo, de incertidumbre, tras unos ojos que esconden los restos de una batalla en la que los dos bandos comparten el mismo corazón.

* * *

El verdadero arte de crear a la persona reside en la capacidad de destruirla. La autodestrucción constante de lo poco que se pueda construir en algún que otro ratillo de aburrimiento previene al individuo de cualquier fanatismo, a la vez que lo incapacitan para una vida normal.

D.